Como parte de la cotidianidad de la vida, cada uno de nosotros enfrentamos diversos conflictos día con día y tomamos decisiones frente a ello, desde si despertamos o no al primer sonido del despertador, hasta cómo actuar frente a discusiones en la vida laboral. La diferencia viene desde cómo nos posicionamos frente a eso, si se afrontan o se niegan, si puedo pedir ayuda o me aferro a la idea de que puedo solo con todo, si me angustio ante los conflictos o busco la manera de afrontarlo, etc. Cada una de esas respuestas vienen del cómo estamos estructurados psíquicamente, por ejemplo, el conflicto puede representar un problema que es posible sostener o puede resultar desbordante, si se tiene una organización para encontrar soluciones o se va actuando al momento, el tipo de recursos que se cuentan para afrontarlo o el tipo de reacción ante el fracaso en el intento.
La discusión surge en el ¿por qué siempre me pasa lo mismo?, siempre el mismo conflicto con las parejas donde aparecen los celos y el control, siempre la misma llegada tarde en eventos importantes, en cada situación estresante siempre se generan unas ganas inmensas por comer sin límite o siempre estando en amistades donde las personas no valoran el vínculo que se les ofrece, creando una huida cada que alguien intenta formar un vínculo afectivo. Para este punto hay que cuestionarnos, ¿cómo me siento cada vez que se repite la misma situación?, ¿cómo se siento cada que mi pareja y yo discutimos porque su mirada esta siempre puesta en mí y desea que yo solo lo ve a él?, ¿cómo me siento cada que en el intento de hacer las cosas con anticipación, al final haya algo que me impide lograr aquello por lo que tanto me esforcé?, ¿cómo me siento cuando tengo tantos problemas rondando por mi mente y que la única vía de afrontarlos sea llenando ese vacío con comida?.
Si nos detenemos a pensar un poco, estos los síntomas que se repiten dicen más de lo que podemos ver a simple vista. Cuentan una historia, la nuestra, nos muestra la singularidad con la cual habitamos la vida, los fragmentos que de manera inconsciente se adhirieron a nuestra psique y la traducción mental que le dimos. Martha (2012) nos menciona que “el sentido de los síntomas está ligado tanto a la significancia que tienen para quien los produce, como al lugar que la significancia de los mismos es otorgado por el sujeto, en lo que atañe a su posición y la posible subjetivación de aquellos: se implica o no en eso que le pasa a pesar de su “extrañamiento”.” Esto nos habla de la posición que tomamos frente a él, si se reprocha al otro, si se le exige que cambie, se le culpabiliza, o si pese a ese no saber, se llega al cuestionamiento sobre ¿qué responsabilidad tengo en esto que causa malestar en mi vida?. Lombardi (2014) refiere que un proceso terapéutico comienza cuando el paciente revela una participación en la fabricación y el sostén del síntoma.
Cuando hablamos de sostén, hablamos de aquello que va más allá de la propia voluntad de querer cambiar, más allá de la consciencia. Freud refiere que “el síntoma es indicio y sustituto de una satisfacción pulsional interceptada, es un resultado del proceso represivo”. El síntoma es sostenido por una pulsión que busca ser satisfecha, causa malestar, pero también satisfacción inconsciente, da estructura, puede participar en la construcción de la identidad, en la manera en que nos percibimos y cómo nos relacionamos con los demás. Lombardi (2014) refiere que “el síntoma es un modo de no afrontar la angustia, de no actuar conforme al deseo, ateniéndose únicamente a satisfacciones sustitutivas que permiten esquivar las decisiones importantes”. Hay personas que encuentran tanto goce con él, que incluso imaginar una vida sin él les resulta imposible, ya que es lo que hace que le de sentido a la vida y ayuda a sostener una posición frente al conflicto, el cual se va a seguir repitiendo de distintas maneras si no se encuentra el núcleo de este goce. Por ejemplo, una persona que se mantiene enferma físicamente de manera frecuente, puede obtener la atención y cuidados de su familia que no los tendría si no se encontrara en esa condición, y que ello le es imposible pedir de manera consciente o reconocer que se desea y necesita el afecto de los otros. Quizá darse cuenta de ello resultaría intolerable porque lo haría perder su imagen omnipotente de “yo solo puedo con todo”, lo podría en una posición vulnerable, débil y como sujeto en falta.
El espacio terapéutico ayuda a que pueda haber una lectura de ese síntoma con ayuda de otro. Miller refiere que “bien decir y saber leer están del lado del analista, es propiedad del analista, pero en el curso de la experiencia se trata que bien decir y saber leer se transfieran al analizante. Que aprenda de algún modo, fuera de toda pedagogía, a bien decir y también a saber leer”. Que el propio sujeto pueda hacer una pausa en su historia para encontrar poco a poco sus propios recursos y lo que lo sostiene, que pueda afrontar la incomodidad que genera algunos saberes de sí mismo, y que pueda reconocer y buscar otras formas de posicionarse frente al conflicto, otras formas de satisfacción que no resulten tan dolorosas en el intento.